19 mayo 1895
José Martí: ¿La muerte anticipada?
Martí va al encuentro de su hora definitiva. Hinca los ijares de la jaca
baya –regalo de José Maceo- con las improvisadas espuelas de soldado.
En la acometida contempla “las palmas que aguardan a los guerreros como
novias” y oye rugir el Contramaestre. Traba combate. Cae como había soñado “en las noches interminables del exilio” y pedido en versos anhelantes, en
la campiña cubana, de cara al sol. Es el 19 de mayo de 1985, poco después
del mediodía.
A la manigua ha venido –cuenta al entrañable Manuel Mercado- “a deponer ante
la revolución que he hecho alzar, la autoridad que la emigración me dio”. La
carta ha quedado a medias. La inesperada llegada de Masó interrumpe las
confesiones del Delegado, pero ya ha sido dicho “su secreto político”.
Sólo ha vivido 42 años. Ha sido el suyo un tránsito fulgurante. En tan poco
tiempo ha condensado un siglo. Desde los 16 viene arrastrando la cadena de
Cuba y para romperla ha recorrido 270 kilómetros desde Playitas de Cajobabo
hasta Dos Ríos. Este peregrinaje es realmente el inicio de la invasión que
protagonizarán después Gómez y Maceo.
Pocos días antes de la tragedia, el 5 de mayo, en La Mejorana, Martí hace
valer sus argumentos sobre la necesidad de comenzar inmediatamente la gran
marcha militar sobre occidente.
En aquella parte de la isla el alzamiento está “varado”, como dice el
Generalísimo, y se debe evitar a toda costa que Martínez Campos se haga
fuerte con los 22 mil peninsulares recién llegados.
Maceo aduce la falta de pertrechos de guerra y la necesidad de que Martí
retorne a Norteamérica a fin de asegurarlos. El Delegado replica decidido:
“No lo haré sin haber entrado antes una o dos veces en combate activo”.
Acaso la urgencia de Martí esté aguijoneada por la invectiva de Enrique
Collazo en el periódico La Lucha, el 6 de marzo de 1892:
“…quien ofendido por España en la niñez no tuvo el valor para ir a la
manigua…quien prefirió solicitar más tarde, como representante del Partido
Liberal, un asiento en el Congreso de los Diputados, quien ahora se las da
de apóstol, sonsacando con discurso fatuos el dinero de los emigrados…
…si de nuevo llegase la hora del sacrificio, tal vez no podríamos estrechar
la mano de usted en la manigua de Cuba; seguramente porque entonces
continuaría usted dando lecciones de patriotismo a la sombra de la bandera
americana…”
Martí afronta la injuria sin demora: “Jamás, señor Collazo, fui el hombre
que usted pinta. ¡Jamás dejé de cumplir en la primera guerra, niño y pobre y
enfermo, todo el deber patriótico que a mi mano estuvo, y fue a veces deber
muy activo! ¡Queme usted la lengua, señor Collazo, a quien le haya dicho que
no serví yo a la madre patria! ¡Queme usted la lengua a quien le haya dicho
que serví yo en modo alguno al Partido Liberal, o que en eso de la
Diputación hice más que oír al capitulado que me vino a tentar inútilmente
la vanidad oratoria!
Y en cuanto a lo de arrancar a los emigrados sus ahorros, ¿no han contestado
a usted en juntas populares de indignación, los emigrados de Tampa y Cayo
Hueso? ¿No le han dicho que en Cayo Hueso me regalaron los trabajadores
cubanos una cruz? Creo, señor Collazo, que he dado a mi tierra, desde que
conocí la dulzura de su amor, cuanto un hombre puede dar. Creo que he puesto
a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor
necesario para morir en su defensa”.
Pero el destino tiene, muchas veces, determinaciones injustas. Serán Martí,
Gómez y el propio Collazo, quienes deberán concertar poco tiempo después, el
plan final de la insurrección. Quiso entonces Collazo despejar el agravio: “Usted no ha tenido quien lo atacara con más rudeza que yo, ni con más
injusticia…pero ahora no tiene quien lo quiera y admire más”.
“Pero Collazo, -respondió Martí- ¿de qué me habla usted? ¡Con tantas cosas
como tenemos que tratar!” ¡Así era de grande aquella alma admirable!
Para un espíritu tan sensible como el suyo esto sería suficiente. La
acusación habíase transformado en decisión irrevocable: ¡entrar en combate!
Mas, sabía Martí que iba hacia la muerte. Acaso la presentía como necesario
exorcismo de incomprensiones y sufrimientos. “Yo voy a morir, si es que me
queda mucho de vivo. Me matarán de bala o de maldades”.
Le escribe a su madre: “Mi porvenir es como la luz del carbón blanco, que se
quema él para iluminar alrededor. Siento que jamás acabarán mis luchas y sé
que me esperan sólo combates y dolores en la contienda de los hombres a que
es preciso entrar para consolarlos y mejorarlos. La muerte o el aislamiento
serán mi único premio”.
Bajo el sol del 19 de mayo termina el último drama, pero aún le queda al
maestro una peregrinación más. Como trofeo de guerra inicia, ya muerto, el
camino hacia Remanganaguas. Rompe el aguacero. La lluvia de mayo le besa la
anchurosa frente.
Saquean el cuerpo destrozado: espuelas, machete, reloj, papeles y 500 pesos
que se reparten los españoles para aguardiente y tabacos.
Tres entierros aguardan a Martí. En Remanganaguas el primero y los otros dos
en Santiago de Cuba. Ni después de muerto deja de sufrir.
¿Murió a su hora o anticipadamente? Murió justo como había anhelado, en el
mejor de los escenarios posibles, en el campo cubano, en medio del combate,
bajo el sol ardiente de la primavera.
Murió cuando aun las desavenencias no habían minado las huestes
revolucionarias; cuando el coloso del Norte todavía no había completado su
tarea; cuando la patria cordial por él soñada no se deshacía bajo la
intervención imperial.
Preferible la muerte heroica a la muerte senil. Así acaban las grandes
vidas. Lo que los hombres llamamos destino implacable, no es más que
economía de la desilusión. Ningún ideal es como su realidad. Murió a tiempo
para no haber visto de su obra, sino el aspecto más bello.
Sí, Martí sabía que iba al encuentro de la muerte. Se precipitó sobre ella
con temeridad admirable y absoluto renunciamiento.
Entre las palmas y el río se sintió al fin, “puro y leve”, con pureza de
raíz y levedad de ala. Y voló, como en el pensamiento de Walt Whitman, “con
el alma ebria”.










