Bienvenidos al Sitio del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos.

 

 

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LA GUERRA DE LAS MENTIRAS CONTRA CUBA



Por Manuel E. Yepe



El solo hecho de que la política de bloqueo de Estados Unidos contra
Cuba se haya mantenido a despecho de que casi la totalidad de los
Estados que integran la Organización de Naciones Unidas la condenan
cada año, bastaría para demostrar su condición impúdica.


Pero el carácter obsceno de esa guerra económica que libra hace medio
siglo la superpotencia global única contra la pequeña y pobre nación
vecina radica, sobre todo, en que se ha fundamentado siempre en
mentiras para quebrantar la primera de las normas de la coexistencia
internacional: la condena de la intromisión de cualquier Estado en los
asuntos internos de otro.


Más allá de la ignominia que representa para los más de 300 millones
de estadounidenses  aparecer como cómplices de un asedio llamado a
provocar sufrimientos, hambre y miserias a un pueblo vecino treinta
veces menor en número que defiende su independencia al costo de
cualquier sacrificio, la falsedad de los argumentos que han utilizado
las administraciones estadounidenses  -con apoyo de una
inconmensurable maquinaria mediática que paga la ciudadanía con sus
impuestos- constituye un atentado a la razón y un grave menosprecio de
la inteligencia del pueblo norteamericano.


De inicio, se le mintió a los estadounidenses alegando que el
“embargo”, como instrumento de presión, se justificaba porque la
revolución cubana había expropiado sin compensación propiedades de
grandes corporaciones estadounidenses, cuando el hecho cierto era que
Cuba cumplía todas las normas internacionales para actos de legítima
nacionalización y el gobierno de EEUU era el único que prohibía a sus
nacionales negociar los términos de compensación como lo estaban
haciendo los inversionistas de otras naciones con quienes en poco
tiempo se acordaron indemnizaciones satisfactorias.


Pasó después el bloqueo a justificarse por la amenaza que la
revolución cubana constituía para el sistema hemisférico, en cuyo
nombre Estados Unidos impuso un rompimiento colectivo de relaciones
con Cuba que acataron todos los entonces miembros de la Organización
de Estados Americanos, menos México. A medida que las naciones
latinoamericanas han podido avanzar hacia la afirmación de sus
soberanías, todas han restablecido sus vínculos con Cuba.


El apoyo de Cuba a la lucha armada de los movimientos de liberación
nacional en Latinoamérica sirvió también de justificación para el
bloqueo, pero ésta se fue haciendo obsoleta en la medida en que esas
fuerzas iban logrado la posibilidad de manifestarse en las urnas y de
otras maneras democráticas, traduciéndose así los nexos de Cuba con
ellos en una solidaridad abierta y transparente.


El alineamiento de Cuba con la URSS y China fue otra razón para acusar
a la Isla de violar los principios del panamericanismo, cuando en
verdad lo que preocupaba era su condición de país socialista
absolutamente independiente, su papel protagónico en el movimiento de
países no alineados y, en última instancia, su gran prestigio y
autoridad entre los pueblos y naciones del Sur.


Sin preocuparse en lo absoluto por la verdad, Estados Unidos ha
manejado contra Cuba el argumento de supuestas violaciones de los
derechos humanos, usando su formidable poder financiero como propulsor
mediático, pretendiendo ocultar que Cuba ha sido el país del
hemisferio donde más fielmente se han respetado los derechos humanos
en el último medio siglo, si se excluyen los desmanes en la cárcel que
EEUU mantiene en la base militar de Guantánamo, en  territorio
ilegalmente ocupado a la Isla.


Y, en todo momento, se ha pretendido hacer ver que la presión ejercida
por los grupos extremistas cubano-americanos de Miami ha sido
responsable de que Washington no cancele esa política bochornosa que
condena al hambre y grandes privaciones a una nación soberana,
pretendiendo forzar a su pueblo a alzarse contra el proyecto
socialista de la revolución popular.  Lo cierto es que estos grupos
fueron creados por la CIA y son aún financiados por el presupuesto
federal con partidas dedicadas a la “promoción de la democracia en
Cuba” que nutren arcas en Miami.


Cualquiera sabe de qué manera tan expedita es capaz EEUU de deshacerse del “poder” de los lobbies de los adversarios de sus enemigos cuando decide normalizar relaciones con un país “hostil”. Como Roma,
Washington paga a los traidores, pero los desprecia.


Ante la evidencia del fracaso del bloqueo, correspondería al gobierno
de Estados Unidos reconocerlo y proceder a reparar la ofensa dentro de
los principios del derecho internacional, pero es evidente que se ha
modelado una táctica que pretende limpiar la cara sin variar la
estrategia. Su discurso hoy reza así:


"Después de 47 años, el embargo unilateral a Cuba ha fracasado en
lograr el objetivo de llevar la democracia al pueblo cubano. La
comunidad internacional exige que las sanciones sean más refinadas y
específicas contra los gobiernos rebeldes y que afecten menos a la
población civil porque las medidas generales aglutinan al pueblo en
torno a sus dirigentes y por ello se hacen contraproducentes”.


Todo parece indicar que, con esta nueva óptica, prosperan en Estados
Unidos -con idénticos fines neo anexionistas- nuevos planes y mentiras
más sutiles contra la  independencia y el derecho de los cubanos a
continuar una revolución a la que, desde 1868 hasta hoy, han estado
convocados por Carlos Manuel de Céspedes, José Martí y Fidel Castro.


Junio de 2009