Conferencia Armando Hart
La importancia de las enseñanzas de Martí y de Fidel, especialmente en el campo de la política, nos plantea el reto de presentar, con el rigor necesario, a los estudiosos e investigadores y a los cubanos en general interesados en este apasionante tema, un texto que aborde el aporte esencial del pensamiento cubano a la cultura política y filosófica universal y que hemos denominado La cultura de hacer política.
Para ello nos proponemos abordar tanto los fundamentos teóricos de esa cultura que se gesta desde los tiempos forjadores de la nación cubana como las enseñanzas prácticas de la política de José Martí y de su discípulo fundamental, Fidel Castro, para alcanzar la independencia plena del país y forjar la unidad nacional. La política concebida como un arte y regida por principios éticos es el aporte más original de Martí a la historia de las ideas y se resume en el principio de superar radicalmente el divide y vencerás de la tradición conservadora y reaccionaria, y establecer el postulado de unir para vencer. La historia de nuestro país permite comprobar que esta concepción acerca de cómo hacer política está en el nervio central de la evolución cubana durante dos siglos. Pienso, en particular, que esta es la enseñanza principal que los cubanos deseamos se extraiga de los cincuenta años transcurridos desde el 26 de julio de 1953 hasta nuestros días. Unir para vencer es la clave de la política martiana que la generación del Centenario, bajo la dirección de Fidel, exaltó al plano más alto durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. Aspiramos a investigar y mostrar los caminos recorridos en el proceso integrador del pueblo cubano, sus fundamentos y, en especial, la manera de lograr esa unidad por la vía de la práctica política y de la educación. La evolución económica y social de la historia de Cuba, constituye la base de este enorme saber y de ella se derivan las conclusiones que aquí presentaremos.
La inmensa y contradictoria experiencia del dramático siglo XX nos da la clave para comprender la naturaleza del desafío que enfrentamos. La esencia filosófica de la tragedia de dos mil años de historia universal, y que tiene sus antecedentes inmediatos en el siglo XX, está en la ruptura que se hizo entre ciencia y utopía. En Martí y en la cultura cubana en general cristalizó, sin embargo, la articulación de estos dos planos de la vida para forjar un pensamiento creador de la conciencia humana de validez universal.
Este pensamiento forma parte del patrimonio cultural cubano y ha conservado sus raíces originales; se ha enriquecido en el curso de las dos últimas centurias. El importante caudal cultural que sintetizan Martí y Fidel en cuanto a las formas de hacer política constituye un patrimonio sustantivo y una de las características definitorias de la identidad nacional cubana.
Lo que hemos llamado cultura de hacer política, constituye el fruto más puro y útil de la historia de las ideas cubanas. Ahí se halla un elemento principal de su originalidad. Obsérvese que no digo sólo cultura política, que, desde luego, constituye la fuente de la cual se nutrió esta inmensa sabiduría. Me refiero a las maneras prácticas de su materialización y de vencer obstáculos que se levantan ante todo proyecto revolucionario. Esta práctica tiene fundamentos filosóficos que es preciso conocer para entender mejor el entretejido de ideas que nos conduce hacia los resultados alcanzados. La prueba más evidente de esa eficacia la tenemos en el hecho de que en las más difíciles circunstancias y enfrentados a los más grandes obstáculos, la política cubana ha adquirido una singular influencia en el mundo de los últimos cincuenta años.
Esto ha sido posible por la política fidelista de fundamentación martiana, lo cual constituye una lección imborrable en la historia. Su prerrequisito esencial ha estado en la unidad popular y en la fundamentación cultural, en cuyo corazón se halla la aspiración de justicia universal que el genio de Fidel asumió de la inmensa tradición cubana y latinoamericana de cosmovisión bolivariana y martiana. Quienes en el presente o en el futuro inmediato o lejano pretendieran borrar de la conciencia de las masas dichos ejemplos, deben saber que tal acción criminal les causará los más graves problemas al propio sistema que representan; no hay vuelta atrás, y si se intentase, son impensables las desastrosas consecuencias que ello tendría, no ya para Cuba sino para América y el mundo.
Sobre la base de esta tradición, Fidel desarrolló en nuestra centuria
—como ya he explicado— la idea revolucionaria de unir para vencer, superando así el divide y vencerás. No es fácil encontrar en la historia de los países occidentales, políticos de la estatura de Fidel y de su maestro José Martí que hayan seguido una política de esta manera. Esta ha sido la clave práctica de la política, que muchas veces no se ha entendido ni siquiera por aquellos que estaban de acuerdo con nuestras ideas. Esto se fundamentó en principios éticos de valer universal de nuestra cultura y poseen argumentación lógica y filosófica que resulta indispensable estudiar con mayor profundidad en nuestro país y proyectarla a escala internacional.
Hay que saber diferenciar y, a su vez, relacionar ideología entendida como producción de ideas o como ciencia del estudio de las ideas, de un lado, y de la práctica política concreta, del otro. La primera, inspira y orienta a la segunda; pero no es ella. La segunda promueve y desarrolla materialmente la acción política hacia los fines y objetivos que se proponga. La confusión en diferenciar ambos conceptos puede conducir al dogmatismo. No relacionarlos puede llevarnos a la dispersión y a la anarquía. En el equilibrio entre las formas de hacer política y los objetivos que nos propongamos, está la esencia del pensamiento de José Martí. La práctica política la entendemos, aquí, como la que se produce en los objetivos de la movilización de las personas a favor de tal o cual aspiración. José Martí, en carta póstuma a Manuel Mercado, señaló: En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.
Ni olvidar el fin ni tampoco tenerlo presente como elemento sustancial de una política culta.
Veamos sus fundamentos lógicos. Tomemos, como punto de partida, el análisis de la tesis reaccionaria contenida en divide y vencerás. Ella ha sido, como se sabe, el principio aplicado en la dilatada historia política de las sociedades clasistas desde Roma —con su divisa divide et impera— pasando por Maquiavelo, que fue el más profundo analista político de los tiempos en que el capitalismo emergía en el seno de la sociedad feudal, hasta la política imperialista en nuestros días. Una máxima que recorre la historia de la civilización occidental.
Pues bien, hoy la política basada en la idea de dividir para vencer ha entrado en crisis, pues ella no es ya eficaz para un mundo globalizado que necesita integrar esfuerzos con el objetivo de enfrentar los dramáticos desafíos que tiene ante sí. La defensa de intereses individuales de grupos o de clases sociales en particular, ha descansado siempre en fragmentar a todos los que entorpezcan la consecución de sus intereses y ambiciones; pero si se plantea una aspiración que resulte de interés para toda la humanidad, cualquier forma que divida será contraproducente. Los propósitos altruistas a escala universal, como lo reclama el siglo XXI, sólo pueden lograrse sobre el principio de unir para vencer. La consigna reaccionaria, por tanto, debe ser superada por una cultura superior de ejercitar la política.
La manera en que podemos asumir la experiencia martiana y fidelista para enfrentar estos problemas está en dejar atrás todo sectarismo, promover la unión en empeños comunes, situar los objetivos inmediatos más importantes y que, en todo caso, sean las personas, individualmente, las que se alejen por su propia voluntad del propósito unificador. Quedarán así aisladas. Esto no excluye el esclarecimiento cultural profundo, por el contrario, lo exige. He ahí la complejidad y sutileza de la cuestión.
Esto fue lo que hizo José Martí al fundar el Partido Revolucionario Cubano en 1892 y organizar la guerra necesaria. Su vida y obra confirman que su valor político esencial estuvo en lograr la unidad de los cubanos en la lucha por ser libres del colonialismo español. No lo logró haciendo concesiones o aceptando argumentos mediacionistas con los elementos que le negaban la posibilidad de independencia radical, muy por el contrario, nadie fue más crítico al anexionismo y al reformismo, pero tampoco lo hizo con posiciones sectarias, dogmáticas, sino con un debate profundo y radical de ideas contradictorias con fundamentos culturales y realiza así una labor de esclarecimiento de ices que no significaba aplastar a las personas confundidas, las que tenían y debían ser ganadas para la causa.
A partir de las enseñanzas de Martí debemos analizar aspectos esenciales relacionados con los esfuerzos de la unidad de nuestro pueblo. Sugerimos otros enfoques tales como los siguientes:
—La historia de la diversidad de corrientes y situaciones que en el fondo de la lucha de ideas se movía en el país en la primera mitad del siglo XIX o propiamente antes del 68. Los orígenes del independentismo, del anexionismo, sus contradicciones, etc.
—Los debates en torno a cómo organizar y dirigir la guerra de independencia en los tiempos de gestación (1868-1869); es decir, los que tienen como símbolo a Céspedes y a Agramonte; las diferencias entre ellos y la identidad esencial que los aunaba. El papel de la Asamblea de Guáimaro, que fue donde se logró, por vez primera, la unidad de nuestro país.
—El proceso que condujo a la destitución de Carlos Manuel de Céspedes como Presidente de la República. Sus orígenes y consecuencias.
—El tiempo histórico comprendido entre la destitución del Presidente Céspedes hasta la Paz del Zanjón. Factores que unían. Factores que dividían. La significación del Pacto del Zanjón y de la Protesta de Baraguá como germen esencial, esta última, de la unidad nacional. La intransigencia revolucionaria como factor de unidad.
—El proceso de la llamada “tregua fecunda”. El papel de Martí como artífice de la unidad. Cómo lo hizo. Las polémicas entre Gómez, Martí y Maceo, en especial la del año 1894. Estudio de la identidad que los unía y de las formas y circunstancias que los hacían tener criterios distintos en cuanto a las relaciones entre el ejército y la autoridad civil. Significación histórica del hecho de que fue la campaña de Martí la que condujo a la guerra necesaria.
—Los acontecimientos de La Mejorana. Sus raíces, sus consecuencias y la identidad esencial en el núcleo central de nuestra epopeya. Martí, Gómez y Maceo.
—El proceso de la unidad desde entonces hasta la Asamblea del Cerro. Discrepancias que tuvieron algunos dirigentes de la guerra con Gómez. Razones de la disolución del Partido Revolucionario Cubano por Estrada Palma, del Ejército Libertador. El factor de la intervención norteamericana como elemento propiciador de la división. La situación creada en el país con la intervención norteamericana. Las limitaciones surgidas. El triste proceso de la Enmienda Platt y de la Constitución de 1902. Diversidad de posiciones. Influencia que tuvo la muerte de Martí y de Maceo años antes.
—El proceso de la unidad con toda su complejidad desde 1902 hasta 1953.
—Cómo logra Fidel Castro, tras el asalto al Moncada, iniciar el empeño unitario de las fuerzas revolucionarias hasta conducirnos a la victoria del 1º de enero. Factores que influyeron u obstaculizaron este proceso.
—Las luchas de Fidel por la unidad tras el triunfo de la Revolución. Las dificultades que se presentaron. La forma en que nuestro Comandante en Jefe abordó la cuestión.
Cada uno de estos aspectos debe dar lugar a amplios análisis que tengan como orientación el pensamiento martiano y fidelista. En el sustrato de esta cultura se encuentran los fundamentos éticos y de carácter jurídico. Vamos a exponer un enfoque de estos problemas en las raíces históricas de nuestra Revolución, que es una sola desde el 10 de octubre de 1868 hasta nuestros días.
Con una visión de la vida de Maceo, Martí y Máximo Gómez, y el papel de cada uno de ellos en la revolución, se puede llegar a la siguiente conclusión: Los tres, núcleo central de la guerra contra el dominio colonial español, están unidos en lo esencial en la aspiración de independencia de Cuba, tanto de España como de Estados Unidos; en asumir la necesidad de luchar por la integración social de la patria, compuesta por diversidad de etnias e influencias culturales y sociales, y, por tanto, de abolir la esclavitud y la discriminación racial. Estaban unidos también en la estrategia de movilizar a toda la población del país a partir de la invasión de oriente a occidente. Los unió también la vocación internacional que aspira a formar una patria integrada a América Latina y el Caribe, y en fin, una vocación de universalidad que se halla en la sustancia de la cubanía. La diferencia entre estos tres grandes próceres se encontraba en la forma de organizar la dirección política de la Revolución y las relaciones entre el Ejército Libertador y las autoridades políticas. En las concepciones que cada cual tenía sobre el asunto influía su propia experiencia personal.
Estos debates giraban sobre los temas institucionales de implicaciones jurídicas que nos enseña, además, la hermosa tradición de sensibilidad y pensamiento sobre el Derecho que tenían nuestros héroes.
A más de cien años de distancia, teniendo a la vista el encuentro de Gómez, Maceo y Martí, en 1884, en Nueva York, y con la mente puesta en lo que debieron ser las conversaciones de La Mejorana, hoy todos los cubanos llevamos en el corazón aquel infinito respeto, admiración y cariño que Martí sentía por Gómez y Maceo. El pueblo y la historia los ha situado a los tres como el núcleo central de la guerra de independencia de Cuba.
El gran mérito histórico de Martí fue unir a todos los factores dispuestos a la guerra, organizarla, hacerla viable y, partiendo de ello, trasmitirle una ideología y una proyección política. Al darle una política a la guerra, Martí actuaba con un gran realismo y sentido práctico. No fueron pocos los obstáculos que encontró para alcanzar ese objetivo. Dijo: "Comprendí que debía enfrentar la acusación de oponerle trabas leguleyescas a la guerra de independencia". Mucho había estudiado y superado Martí los reparos civilistas que obstaculizaron la Guerra del 68. No había, tampoco en Gómez y en Maceo aquellos gérmenes de caudillismo que hicieron naufragar la Guerra Grande en el Pacto del Zanjón. Sin embargo, en las discusiones de La Mejorana, residuos de estas viejas cuestiones estaban presentes en la mente de aquellos gigantes de la historia.
Tras la intervención norteamericana y la Asamblea del Cerro, dicen que Máximo Gómez planteó que aquella era la hora de Martí. Asimismo, cuando lo invitaron a organizar un partido político dijo que era Martí quien sabía hacerlo.
Es muy difícil encontrar entre los forjadores de naciones una pléyade tan amplia de insignes patriotas y con tal relevancia y significación, y es difícil también encontrar un acercamiento tan profundo como el que se logró en Cuba entre ellos, y esto fue garantizado por la unidad del país para alcanzar su independencia. Se logró porque estaban unidos en el mismo objetivo al que hacemos referencia y por el inmenso respeto a la tradición de cultura jurídica de la nación cubana.
Otro elemento importante está en que los patriotas cubanos, y en especial Martí, combatiente radical contra el sistema colonial español, exhortaban continuamente a la idea de que los hijos de Iberia que después del triunfo desearan incorporarse a ella, serían recibidos con lo brazos abiertos. Hay un llamado constante a los españoles a confraternizar, a unirse. Esto está en la médula del pensamiento de Martí, Gómez y Maceo. Esta es también una enseñanza ética.
El martiano verdadero no puede combatir a ningún otro pueblo de la tierra sino llamarlo a la lucha solidaria por la dignidad plena del hombre. Así nos incita también el Apóstol a vincularnos con el pueblo norteamericano.
Recuérdese que Martí había señalado que con la independencia de las Antillas se podría no sólo garantizar la de nuestra América, sino también, ayudar a salvar el honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio —por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles— hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo. Este pensamiento estaba muy vivo en Martí en aquellos días finales de su vida. Desde luego, para tan altos propósitos, tenía que trabajar en silencio porque hay cosas que de decirse en lo que son levantarían obstáculos demasiado poderosos y no se podría alcanzar sobre ellas el fin.
Comoquiera que disponemos de una experiencia inmediata en el proceso de la revolución triunfante, exponemos las siguientes enseñanzas extraídas de la práctica revolucionaria de Fidel.
A mediados del siglo XX se imponía el ideal socialista, teóricamente con fundamentos culturales, como necesidad de la política cubana. Esto no estaba en la superficie, pero sí en el sustrato de nuestras realidades. En la génesis de la Revolución cubana que en 1961 proclamó su carácter socialista, está el Moncada, aunque el movimiento iniciado entonces no revelaba su contenido, ese contenido sí se hallaba en sus exigencias económicas, sociales y morales que más tarde, desde 1959, sirvieron de presupuesto a un programa de esta naturaleza. La destreza política de Fidel consistió en no proclamar el socialismo entonces —aunque él ya tenía una cosmovisión de este carácter— porque no resultaba práctico ni táctico hacerlo, aunque, desde luego, tampoco podía rechazarlo ni pasarlo por alto. Actuó aquí como lo hubiera hecho Martí.
Ahí está una de las claves de la política de la Revolución cubana. ¿Cómo lo hizo entonces? Cuando en 1953, durante los sucesos del Moncada, fue interrogado inquisitivamente por el Fiscal acerca del hecho de que en el apartamento de Abel y Haydée Santamaría habían encontrado libros de Lenin, Fidel respondió algo así: quien no haya leído a Lenin es un ignorante. Esta era una advertencia para todos los que hicieran política o aspiraran a hacerla. Lo era para ayer y lo es para hoy. Yo, inmediatamente, empecé a interesarme por estudiar a Lenin.
No se podía, ni era racional ni justo, pretender que Fidel en aquel entonces hubiera hecho un planteamiento formal acerca de cómo los escritos de Lenin influyeron en la estrategia y táctica del Moncada, pero él siempre ha encontrado la forma de decir la verdad, brindar las orientaciones necesarias y llegar a todas las personas honestas que pudieran estar confundidas o no bien informadas, y albergaran dudas o prejuicios que no les permitieran adherirse a las posiciones más radicales. Los buenos acaban por incorporarse, pero hay que dejar las cosas bien claras sin crear confusiones, hay que hacer una labor que tiene que ver mucho con la didáctica.
En otra ocasión, cuando Faustino Pérez y yo, que pertenecíamos al Movimiento Nacional Revolucionario que dirigía el profesor Rafael García Bárcena, nos reunimos con Fidel tras su salida de la cárcel en 1955, nos planteó la incorporación al Movimiento 26 de Julio en los siguientes términos: ustedes pueden estar con nosotros, y si García Bárcena produce un golpe de Estado, como era su concepción, entonces le darán su apoyo. Era una forma política inteligente y generosa. Desde luego, nosotros desde entonces nos adscribimos al 26 de julio.
Otro aspecto importante que se relaciona con lo anterior está en la compresión de que la violencia como arma revolucionaria debe ser siempre responsabilidad de los reaccionarios y en esto vale recordar la expresión "la mujer del César no sólo tiene que ser honesta sino también parecerlo", clave para encontrar la raíz de los errores cometidos en la historia de los procesos revolucionarios de América Latina en los años 60 y 70. Observemos esta conclusión a la luz de una experiencia que tuvimos con Fidel.
Desde el 10 de marzo veníamos sustentando que la dictadura sólo podía ser derrocada por una revolución popular. Sin embargo, tras la amnistía, la táctica de Fidel no fue plantear de inmediato el reinicio de la lucha armada. Los combatientes del Moncada acababan de ser amnistiados, por lo que no era lógico lanzar la consigna de insurrección. Esta responsabilidad no debía recaer en los revolucionarios, sino en la tiranía.
A pesar de los obstáculos, Fidel trató de buscar soluciones políticas. Pero el gobierno cerró todas las puertas; impidió la celebración de un acto convocado para el 20 de mayo de 1955 en la escalinata universitaria. Asimismo se habló de que Fidel compareciera en un conocido programa político de la televisión llamado "Ante la prensa", y en el espacio radial "La hora ortodoxa", pero tampoco le fue permitido hacerlo.
Se comenzó a librar entonces la batalla política más importante: denunciar los crímenes cometidos el 26 de julio de 1953 y los días subsiguientes.
Aunque esta acusación no era un llamado a la Revolución, hacía más daño a Batista que la posición insurreccional. Sin convocar a la guerra, Fidel desmoralizó al enemigo, al punto de que un funcionario que había sido gobernador en la antigua provincia de Oriente, Waldo Pérez Almaguer, no quiso responsabilizarse con los crímenes horrendos del 26, 27, 28 y 29 de julio de 1953, e incitado por la apelación pública de Fidel se dispuso a confirmarlos.
Batista no encontró más salida que desencadenar con mayor violencia la persecución de los fidelistas, y eso fue lo que hizo. Corríamos el peligro de que asesinaran a Fidel, a Raúl y a otros moncadistas, pues había indicios de que tales planes ya estaban en marcha. Era aconsejable tomar el camino del exilio para organizar la expedición armada. Raúl se asiló en la embajada de México; iba a la capital azteca a preparar la continuación de la lucha. Fidel partió hacia el mismo destino por el aeropuerto de Rancho Boyeros, el viernes 7 de julio de 1955.
La idea de una salida pacífica y su planteamiento público habían durado bien poco. Batista se encargó de demostrar con la persecución inmediata de Fidel y sus compañeros, que el único camino posible era el de la insurrección. Bastaron dos escasos meses para que el jefe de la Revolución pudiera formular nuevamente el planteamiento de la lucha armada. Cuando salió de La Habana señaló: "De este viaje no se regresa o se regresa con la tiranía descabezada a los pies".
En 1956 se desarrolló una intensa campaña política y de publicidad a través de lo que se llamaba “Sociedad de Amigos de la República”, institución que nucleaba a las figuras representativas del sector burgués opuesto a la tiranía, y se convocó una reunión con todos los representantes de los partidos tradicionales, tanto gubernamentales como de oposición. Según ellos, ahí estaba la nación entera, sin embargo, no estaban las fuerzas que iban a ser decisivas en la Revolución.
La representación burguesa del país, sin destino y sin futuro, en aquellas conversaciones estuvo sola y aislada. La reunión fue una farsa y no dio resultado alguno. Era la vieja política cubana, desprestigiada y corrompida hasta el tuétano, la que se daba cita en aquella mascarada destinada al más absoluto fracaso histórico.
Pero los partidos tradicionales de la oposición tenían todavía fuerza para convocar a un gran acto público, al cual acudimos todos porque allí sí concurrió el pueblo. Éste fue el famoso acto del Muelle de Luz, organizado bajo la rectoría de don Cosme de la Torriente, veterano de la Guerra de Independencia, quien octogenario ya, se había convertido en una carta política para los partidos tradicionales de la oposición.
Para recibir orientaciones acerca de lo que debíamos hacer en este acto y valorar otras cuestiones de interés político, viajé a los Estados Unidos a entrevistarme con el jefe del Movimiento. Allí se encontraba en un recorrido por distintas ciudades, haciendo labor de captación entre exiliados y emigrados.
Aprecié su infatigable actividad. Pensé que estábamos en tiempos similares a los de la Guerra de Independencia o en las luchas de los años treinta contra la tiranía de Machado. Hoy siento tanto orgullo de aquella visita, como lo tendría cualquier cubano del pasado siglo que hubiera ido a Cayo Hueso a visitar a Martí, Ya en Miami, Fidel me habló de temas económicos y de medidas programáticas que se movían en el marco de los documentos citados.
Entonces le planteé la situación existente en cuanto a la unidad de la oposición y acerca de las gestiones que venían haciendo al respecto don Cosme de la Torriente, José Miró Cardona y otros dirigentes. Fidel me encomendó que hablásemos con don Cosme y le pidiéramos que en el acto del Muelle de Luz se retransmitiera una alocución suya que él grabaría. Se suponía que el del Muelle de Luz iba a ser un acto de unidad.
A mi regreso, Haydée y yo nos reunimos con don Cosme en su oficina de La Habana Vieja. El encuentro fue propiciado por Miró Cardona y en él participó también Pelayo Cuervo Navarro.
Fue una situación molesta. Don Cosme tomó la palabra y no nos dejó hablar. Para intentar decir algo y no «interrumpirlo irrespetuosamente» iniciaba mis argumentos con las palabras «Venerable patriota...», pero el abismo que nos separaba impedía todo diálogo. Llegó a afirmar que Fidel debía organizar su propio acto porque el del Muelle de Luz tenía fines distintos a los que perseguía el Jefe del Movimiento 26 de Julio. Y don Cosme tenía razón, pero lo que no podía imaginar don Cosme era que Fidel Castro, poquísimos años después, organizaría los actos políticos más grandes de toda la historia de Cuba y de América.
El acto del Muelle de Luz tuvo lugar el 19 de noviembre de 1955 y aquella concentración popular se había proyectado, según decía su principal organizador, con el objeto de que Batista se sintiera presionado a admitir una fórmula aceptable para todos los partidos oposicionistas tradicionales. Aunque se congregó una inmensa multitud, también mostró a fondo sus debilidades y terminó disolviéndose. El tirano diría: «La oposición está dividida». Nosotros pensábamos, y la historia lo confirmó, que «era necesario cambiar la tribuna», es decir, a los dirigentes. Y, en efecto, así ocurrió, pero a costa de lucha y de sangre.
Como era de esperar, Batista no aceptó la presión y quedó claro que la «burguesía» que don Cosme representaba no podía dirigir en Cuba ninguna revolución, porque no tenía fuerza real.
Desde entonces, nadie más pudo unir a todos los partidos políticos tradicionales de oposición en una concentración pública que se enfrentara al gobierno de Batista. Así, aquel acto en el que don Cosme de la Torriente no quiso que trasmitiéramos una alocución de Fidel, fue el canto de cisne de la política tradicional cubana.
Expreso esto para que se vea cómo Fidel no desaprovechaba ninguna posibilidad en que se producía una participación de pueblo, para introducirse en la lucha. Una posición sectaria nos hubiera llevado a rechazar desde el principio aquella componenda, pero Fidel esperó a que se desarrollaran los acontecimientos y que la vida fuera la que demostrara la incapacidad de la oposición para enfrentarse a la tiranía.
Otra anécdota está relacionada con el "Pacto de Miami" en 1957. Este fue un acontecimiento decisivo en la historia de la Revolución. Sin aprobación del Llano ni de la Sierra se constituyó en Miami una llamada Junta de Liberación en la que, según decían, aparecía nuestra organización. Por tales razones fui a la Sierra Maestra a los efectos de informarle a Fidel todos los detalles del acontecimiento; él redactó un mensaje radical rechazando el pacto pero, a su vez, llamando a la unidad insurreccional contra la tiranía. Este documento es de una enseñanza histórica bien elocuente acerca de una cultura revolucionaria de cómo se debe hacer la política.
Vamos a otra anécdota. Tras el triunfo de la Revolución, en el acto de la Plaza donde Fidel rasgó en pedazos los textos de diversos tratados que ataban al país al imperialismo en el terreno militar —que nos hacía enemigos especialmente de la URSS y de la República Popular China— en el pueblo había una gran excitación y un decidido respaldo a aquella posición, me acerqué a Fidel en aquella memorable jornada y le dije: “rompamos ahora con Estados Unidos”; él me contestó algo así: “eso que lo hagan ellos”. Demostró, una vez más, su sabiduría política, la que recorre toda la historia de la Revolución.
En 1971 tuve el honor de formar parte de la delegación presidida por Fidel en su visita al Chile de Allende. Algunos compañeros chilenos, entrañables para nosotros, tenían importantes críticas al presidente Allende desde posiciones muy radicales. En una habitación de la residencia de nuestro Embajador en ese país un grupo reducido de ellos dialogó con Fidel sobre estos problemas y explicaron sus fundamentos ideológicos. Fidel, en aquella inolvidable reunión, les señaló a aquellos compañeros: “ustedes, aquí en el cono sur, han estudiado doctrinas políticas y poseen una alta cultura; nosotros, en el Caribe, somos más prácticos —concluyendo con esta expresión que nunca olvidaré—: “En Chile la revolución la hace Allende o no la hace nadie”.
Para analizar estos métodos fidelistas tras el triunfo revolucionario, es muy importante tener en cuenta que durante el período comprendido entre 1952-1959 los representantes de los partidos tradicionales, alineados formalmente frente a la tiranía habían perdido, en el proceso de la lucha armada, toda posibilidad de dirigir el movimiento popular y representar al país. El liderazgo de la nación pasa definitivamente a Fidel Castro y al movimiento revolucionario iniciado en el Moncada. Cuando triunfa la Revolución el sistema pluripartidista cubano se había extinguido, la unidad de pueblo se había logrado en la insurrección, a la que no habían contribuido los partidos tradicionales, sino que, por el contrario, se convirtieron en obstáculo para derrocar a Batista.
Si no se entiende esto no se comprenderá jamás el proceso unitario de la Revolución cubana. En tales condiciones se produce, durante los primeros años, la integración de las fuerzas revolucionarias bajo la dirección de nuestro Comandante en Jefe. Estos eran el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario y el Partido Socialista Popular. Después de la victoria sobre Batista no quedó otra fuerza con autoridad en el país para promover la Revolución. Este fue un hecho nacido, orgánica y naturalmente, en aquellos tiempos memorables. De tal proceso nació el Partido Comunista de Cuba, a partir de la unión de tres organizaciones: el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de marzo y el Partido Socialista Popular.
Una vez más Fidel mostró su política martiana de poder catalizador y armonizador que, con su talento excepcional y su sentido humanista, vence las dificultades que siempre presentan diversas formas de sectarismo. Así surgió nuestro Partido, fue el de la unidad de todos los revolucionarios. Está por hacer la historia de cómo se gestó, y las dificultades que se tuvieron no fueron pocas; vencerlas fue uno de los méritos del liderazgo, la inteligencia y el espíritu de justicia con que Fidel siempre ha manejado los temas humanos y políticos.
La unidad es un prerrequisito en la Revolución cubana para la genuina democracia humanista. El aporte esencial de Fidel sobre este tema debe ser estudiado, no para que se copie en otros países, sino para que se conozca y comprenda la experiencia histórica del nuestro.
Tiene sus fundamentos históricos nacionales muy diferentes a como se desarrolló esta experiencia en otros países, en muchos de los cuales, por cierto, existían varios partidos. El socialismo teóricamente no tiene por qué rechazar el pluripartidismo, es un asunto de la historia de cada país; en el nuestro para unir y vencer no pueden existir varios partidos. Si se cometiera la locura de violar este principio se le daría oportunidad a los mafiosos, delincuentes y entregados al imperialismo.
La Constitución de la República, aprobada en 1976 por amplio y democrático referéndum popular, señala que nuestro Partido "...martiano y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista".
En los años 60, nuestro Comandante en Jefe se colocó en la avanzada del movimiento revolucionario internacional, proclamando desde sus raíces latinoamericanas la necesidad del socialismo; insistiendo en la importancia clave de los factores morales en la historia y promoviendo, desde la izquierda, cambios que resultaban inevitables, para superar el equilibrio bipolar, facilitar caminos a la diversidad y la justicia universal.
El proceso iniciado en el Mondada el 26 de Julio de 1953, que a partir del Granma tomo fuerza decisiva y condujo al derrocamiento del ejército al servicio de las oligarquías y del imperialismo yanqui, a la caída de la tiranía y a la liquidación del sistema político, económico y social neocolonial, marcó definitivamente una nueva etapa en la segunda mitad de nuestra centuria en el Hemisferio Occidental. La proclamación por Fidel del carácter socialista de la revolución, en 1961, y la vigencia de ésta durante medio siglo, terminó para siempre con las formas que había tomado en nuestro siglo el poderío imperial de Estados Unidos.
Ello ha sido posible porque la revolución, fundamentada en la tradición patriótica y antiimperialista de la nación cubana, se materializó o encarnó en millones de cubanos, y vinculó la independencia del país a la justicia social en su forma más universal, radical y consecuente.
No se hable de justicia sin hablar, en primer lugar, de justicia para los trabajadores explotados y para todo el pueblo. De la misma manera, no se hable de democracia si no se logra la participación de todo el pueblo o de la inmensa mayoría en el enfrentamiento de los problemas. Esto, desde luego, nos viene de José Martí.
Medio siglo de práctica política en el seno de la Revolución cubana y, en especial, en sus relaciones con el movimiento revolucionario latinoamericano me ha enseñado que los vínculos entre cultura y política constituyen un elemento clave para el éxito de cualquier proceso de cambio político.
Al celebrar con orgullo el medio siglo de la revolución subrayamos la eficacia de la política martiana y fidelista, que ha enfrentado la hostilidad y las agresiones del imperio más poderoso de la historia y nos ha permitido resistir heroicamente y mantener vivos y más fuertes que nunca los ideales socialistas dando un ejemplo imperecedero para América Latina y el mundo










