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Cuba y su dialéctica interior



Por Luis Sexto


Se mueve o no se mueve Cuba es la pregunta que tanto fuera como dentro se formulan analistas y amigos, adeptos y  enemigos. El Gobierno
cubano tal vez sea el único que no pueda evadir el careo, la duda que
generan algunos de sus actos. Y lo bombardean con cápsulas de mal olor
si avanza y también por qué aparente estar estacionado.

Quién no sabe que en Cuba habitualmente siempre "pasa algo". A pesar de que cierto vacío de información incida en la disminución de nuestro entusiasmo revolucionario o aparentemente conceda legitimación a los
pronósticos de los que no desean que la república socialista adelante
hacia una línea de eficiencia y efectividad, a muchos nos conforta la
certeza de que los hombres más confiables del país reconocen que la
aspiración ya cincuentenaria de millones de personas podría empezar a
vivir al borde de la desesperanza.

A veces olvidamos la dialéctica interior, que en los años recientes
registró dos momentos preclaros: en noviembre de 2005 cuando Fidel
advirtió del peligro de que la revolución implosionara por errores y
vicios internos, y el 26 de julio de 2007 cuando Raúl deletreó la
necesidad de realizar reformas estructurales en la sociedad cubana.
Nunca antes, el lenguaje de la revolución penetró contemporáneamente
tan hondo en nuestras necesidades y urgencias, como en esos discursos
doblemente históricos por su trascendencia y su oportunidad. Sin
minimizar las causas externas de los problemas y dificultades,
colocaron en lo interno parte de la solución. Lo que podría explicar y
justificar que la sociedad cubana tendiera hacia transformaciones
económicas que no se fundamenten exclusivamente en "el control y la
disciplina".

No sé si lo que veo o entreveo sea solo una deficiencia de mi presunta
agudeza política. Comprendo que tres ciclones que devastaron varios
pueblos y campos agrícolas, aflojan peligrosamente el terreno donde se
han de reordenar las bases, y existe en nuestro país, además, una
especie de "inestabilidad" derivada de las mismas circunstancias de
vivir casi todos del milagro de salarios depreciados, comprando
productos en otra moneda, exclusiva más que inclusiva. Esa fisura en
una sociedad aun insatisfecha exige la cautela para cualquier
renovación estructural, en un planeta que se quiebra económica,
ecológica y moralmente.

Cuba hoy, según mi enfoque, es una conjunción de duda, resignación,
entusiasmo, vocación liberadora. Por esa mezcla uno puede percibir que
dentro "pasa algo", aunque en el exterior, particularmente en Miami,
algunos desde una óptica que descalifica y sataniza, la evalúen con
los términos de la retórica liberal y neorromántica de Vargas Vila que
atribuye cualquier movimiento a la presunta lucha entre caudillos y
grupos. Y esto último ha sucedido ante la última recomposición del
gobierno, acto constitucionalmente previsto en el comienzo de cada
legislatura y cuyo aplazamiento para un momento posterior fue
anunciado el 24 de febrero de 2008.

Parece, pues, que el Gobierno cubano es el único en el mundo que ha de
explicar públicamente las razones de sus reajustes administrativos.
Pero, veamos esta contradicción: si los hombres permanecen mucho
tiempo en el cargo, la crítica se refiere a la "eternidad" en el poder
de los dirigentes, el inmovilismo, la impunidad y otros argumentos
afines. Ahora bien, si el Gobierno decide remover a unos y nombrar a
otros, usando un lenguaje aséptico, delicado --liberar o promover--,
el escándalo hace temblar a periódicos y vidrios de la web. ¿!Cómo es
posible, qué explicación nos dan!?

A mí me hubiera gustado enterarme de las causas específicas de la
"liberación" de Lage o Pérez Roque, pero también de las de otros
ministros por los cuales nadie se ha interesado. Como vivo en Cuba y
la conozco sin las distorsiones miamenses o madrileñas, no se me
ocurre creer que el cambio de ministros o funcionarios ha sido
determinado por un litigio entre "raulistas" o "fidelistas". Me basta
saber que algunos han sido sustituidos por sus segundos, para
percatarme que "la pugna de grupos" es inconcebible: ¿Acaso Bruno
Rodríguez no tenía igual o parecida relación con el anterior jefe del
Estado y del Gobierno que Pérez Roque?

Ahora bien, las referencias de una reciente reflexión de Fidel a ambos
altos funcionarios tuvieron el propósito de esclarecer las verdaderas
razones de la sustitución, que la nota oficial del Gobierno no reveló
y que al parecer el Líder de la Revolución mencionó con el propósito
de impedir que se pudiera fantasear, especular, desde los medios donde
ciertos analistas ganan su pan tratando, con los ojos vendados, de
ponerle el rabo al burro.

Tal vez, los cubanos de dentro y los de fuera y los presuntos adeptos
extranjeros tengamos que habituarnos a que los dirigentes y cuadros
han de ir o venir como en cualquier país sin que haya que pasearlos
entre dos filas de garrotes públicos, salvo que hayan dañado tanto que
se imponga un juicio o una denuncia difundida por altavoces.

No dudo que el cambio ministerial, incluso el recordatorio del papel
constitucional de los secretarios del comité ejecutivo del Consejo de
Ministros y del Consejo de Estado, componen una muestra de que  la
organización estatal enrumba hacia un aparato menos voluminoso, más
ajustado a las circunstancias cubanas, y así más eficiente. Por
supuesto, ello ha sido dicho por las autoridades. Pero este
comentarista, que tanto ha escrito contra los procederes burocráticos,
considera que también la readecuación gubernamental puede inscribirse
en una estrategia desburocratizadota de la sociedad cubana.

Por el momento, cualquier otra presunción tendrá que esperar a
alcanzar certeza en el próximo Congreso del Partido Comunista,
programado tentativamente para finales del año. Aunque muchos se
nieguen a creerlo, cualquier decisión, cualquier programa que implique
modificaciones en la estructura socio económica, tendrá que ser
aprobada por el congreso del partido gobernante.

Dentro de lógicas dudas en época convulsa, también en Cuba pervive la
certeza de que la Revolución y las aspiraciones de justicia, equidad y
auténtica libertad de millones de cubanos no han fracasado, solo se
han retrasados. Y se perderían de verdad si los cascos de los nuevos
bárbaros de Atila, que dijo Rubén Darío, cruzan el estrecho de La
Florida. Una suprema diferencia nos separa: a nosotros nos interesa,
sobre todo, la independencia y la justicia social. A aquellos, estos
valores nacionales les importan tanto como al león la extinción de la
gacela.

Luis Sexto, periodista cubano y premio nacional de periodismo José
Martí 2009, tiene una columna fija los viernes en el periódico
Juventud Rebelde. Ahora colabora habitualmente con Progreso Semanal/Weekly.